El origen del Bótox


En 1820, después de la muerte de decenas de alemanes (al parecer tras ingerir morcillas mal preparadas), un científico llamado Kerner descubrió que el envenenamiento alimentario y los síntomas neurológicos posteriores se debieron al consumo de alimentos enlatados de forma inapropiada.


Fue entonces cuando otro científico llamado Meyer se dedicó exclusivamente a aislar y desactivar la toxina del botox, consiguiendo un avance enorme en la seguridad de la conservación de los alimentos.

Pero no fué hasta la década de 1950 cuando el dr. Brooks descubrió que la inyección de una pequeña cantidad de toxina botulínica podía relajar un músculo temporalmente.


El Dr. Scott no tardó en descubrir que la toxina botulínica tenía la capacidad de descruzar los ojos cruzados en pacientes con estrabismo. y con espasmo de los párpados.


Sin embargo, también observó que dejaba a esos mismos pacientes con los ojos más abiertos y que se reducían visiblemente sus arrugas de patas de gallo y del entrecejo. Pocos años más tarde vendió su descubrimiento estético a los Laboratorios Allergan por 9 millones de dólares.


Los cirujanos experimentados empezaron a inyectar bótox para eliminar las arrugas de la frente, las líneas de expresión y todas las demás arrugas de los rostros de sus pacientes, y en EEUU se produjo tal demanda de esta sustancia que los suministros se agotaron completamente en Nueva York.


Tal es así que en 1997, cuando el abastecimiento en Manhattan finalmente volvió a situarse al mismo ritmo que la demanda, el New York Times publicó un artículo titulado "Terminó la sequía. El bótox ha vuelto".

Y es que fue y sigue siendo el tratamiento estético más utilizado y vendido en el mundo.


Lo dicen los números recientes. El grupo farmacéutico estadounidense AbbVie anunció hace unos días la compra de la compañía irlandesa Allergan, fabricante del bótox, por 63.000 millones de dólares es decir 55.350 millones de euros!

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